Santorini, Grecia

No importa cuán bella y romántica imagines a Santorini, te aseguro que te quedas corto.

Por años, Santorini  estuvo pegada en el tablero de mis viajes soñados. Cuando por fin pude organizarlo, no podía dormir de la anticipación.

Llegué en un atestado ferry, a punto de la náusea, desde la vecina isla de Mykonos, (la más fiestera, joven y rebelde de todas las islas griegas). Había dejado Santorini para el postre, y que delicia resultó ser!

Desde la embarcación se miraba imponente, pues al llegar a el puerto de Athinos descubres que los pueblos están colgando de los altos acantilados a donde llegas en un autobús de susto. 

Una vez arriba, Santorini me hipnotizó con su paisaje salvaje. Una media luna es todo lo que queda de esta isla originalmente redonda, tras una poderosa explosión volcánica que por poco la devora completa. El resultado en cambio es sobrecogedor: una oscura caldera salpicada de pueblitos blancos con acentos azules.

La había visto en fotos decenas de veces, pero encontrarte de frente con la majestuosidad de esta isla de poderosos contrastes es simplemente, alucinante. Al final, perdí la cuenta de cuantas veces suspiré hondo en mi visita a esta isla de brutal belleza.

Escogí el encantador pueblito de Oia como base para explorar Santorini. Oia es una villa tranquila y romántica adornada de cúpulas azules y un laberinto de escaleras (muchas escaleras) donde a menudo no queda claro donde comienza una propiedad y termina la otra. Los locales son amables y la buena condición de los perros y gatos callejeros hablan de la nobleza de su corazón griego.

El hotel que tantas horas me costó seleccionar entre tantas estupendas opciones que ofrece este destino resultó ser más de lo que esperaba. El Kirini Suites tiene vistas de infarto, inmaculadas habitaciones tipo cueva, restaurante de alto nivel y servicio consentidor. ¡Estrellita para mí!

Al contemplar la apacible caldera del volcán mientras me sumergía en la piscina, bañada en sol y acariciada por la brisa del mar Egeo, entendí para que se inventó  la palabra éxtasis. Santorini te motiva a fantasear y hasta a «maquiavelar” tu retiro prematuro. Un pellizco por favor…

Al finalizar el día, hice lo que religiosamente hacen todos en Oia, ir a ver su impresionante atardecer, armada de una copa de Vinsanto. La caída del sol naranja sobre el mar imposiblemente azul, dentro del contexto volcánico que la rodea, es algo que no te puedes morir sin ver. Al terminar el espectáculo natural, espontáneamente todos aplaudimos.

La deliciosa comida griega es aún más suculenta si la disfrutas mientras te salpica el mar en un de los restaurantes al aire libre en el pintoresco puerto de Ammoudi. Aquí el pulpo es rey y es tan fresco que puedes ver cuando los pescadores los cuelgan para escurrirlos.  Perdonen como luce el plato, pero no pude resistir darle una probada antes del «flachazo».

Lo siento, no pude resistir probarlo antes de tomarle la foto.

Las noches en Oia son tranquilas. La mayoría de los  tortolitos y «honeymooners» que abundan por aquí se acuestan temprano, pero si buscas ambiente más festivo basta trasladarse hasta los cercanos pueblos de Fira o Kamari donde abundan los clubs y hay una fantástica vida nocturna.

Santorini tiene todo tipo de playas. Arena negra, check…blanca perlada, check ….playa roja….¿Dijeron roja? Eso enseguida disparó mi curiosidad y hasta allá fui a parar. Es como estar en otro planeta.

Un recorrido que no te puedes perder y que puedes hacer sólo o en excursión es la caminata de Oia a Fira o de Fira a Oia. Yo me anime a hacerla en la mañana y fue una experiencia inolvidable. El trayecto que te puede tomar entre 1 a 2 horas (depende de cuántas fotos te tomes en el camino) te hace bordear acantilados y filos de montaña mientras disfrutas de vistas cautivadoras. 

En la excursión cruzas varias villas donde puedes comprar souvenirs o detenerte a «picar» algo y refrescarte mientras gozas del panorama.

Al final te espera Fira, la vibrante capital de Santorini, repleta de tiendas, hoteles y restaurantes. Aquí llegan los turistas de crucero subiendo en burro o en teleférico, los miro con pena, en unas horas se irán y se habrán perdido lo mejor. 

Venir en crucero sólo abrirá tu apetito por Santorini.

Santorini no es una novia de puerto que se pueda ver en un sólo día. Esta chica merece que te quedes, pues tiene mucho que ofrecer.

¡Gracias por aterrizar por aquí!
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